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ISSN 1989-4163

NUMERO 28 - DICIEMBRE 2011

La Delicadeza y la Cursilería

Holly

Valentino al final de su carrera pecó, igual que Yves Saint Laurent, de cursi. Igual que Grace Kelly o incluso que Marilyn de cuando en cuando. Sin embargo, su trabajo no es menos delicado ni impresionante por eso. El problema está en la cantidad de veces que confundimos delicadeza y cursilería de la misma forma que confundimos lo romántico con lo ñoño. Al fin y al cabo, es una cuestión de matices, como los distintos conceptos de Armonía que reflejaba Vitruvio en su obra y que hoy nos suenan indistintos. La gracia es la característica principal de la delicadeza porque el encanto no deja de ser mejor que la belleza y los matices son lo realmente trascendental. Algo puede pasar de aburrido a glorioso en un instante, pero lo realmente magnífico es que también ocurre al contrario.

No paro de debatir con distintas personas sobre la permanencia del papel o su desaparición y sobre lo demodés que están los blogs y las páginas web en Internet. En mi opinión, el papel se debe convertir en algo delicado y lujoso. E Internet debe hacer lo mismo. Ya vale de blogs sensibleros que no traen nada más que lamentaciones de creativos insomnes y de webs donde la cantidad de relleno y de neón que hay te llevan a pensar si no estarás en Los Ángeles. Lo mismo digo sobre las publicaciones que sólo dejan opción a deslizarlas al cubo de la basura tras echarles un vistazo. Hay algo absurdo en los periodos de transición, hay algo muy poco Chanelesco en el Chanel de antes de la I Guerra Mundial y no deja de ser un tanto desilusionante ver a Balenciaga copiando a sus contemporáneos célebres de París cuando trabajaba en San Sebastián, en vez de explorar los matices de la costa vasca, la sensualidad de las mujeres de carácter de hierro. Hay que reivindicar fervorosamente lo que es nuestro, y es algo que se nos suele olvidar. Sin embargo, nosotros estamos en una etapa de transición hacia el conocimiento de las posibilidades de Internet y a la reordenación de esta cultura de la imprenta que impera en Occidente desde que el bueno de Gutenberg se decidió a darle caña a una prensa de vino.

Internet no deja de ser una caja desastre en la que todo tiene cabida y nada se encuentra. Es como ese cajón que todos tenemos en casa donde están lo mismo las tijeras que un imperdible que la postal navideña que un ex amigo te envió en el 92 (aunque sin pilas que tarareen el Merry Xmas). El género blogger es casi trágico. Me cuentan que un community manager -esa profesión metafísica- habla de los regalos que se hacen a bloggers (de moda y no) desde las marcas y sobre el quesito de la publicidad que ahora hay que repartir entre tantos. Bueno, la Wintour debe saber algo de eso porque Armani se cogió un buen rebote con la revista por ver sus prendas sólo en los anuncios que pagaba.

Sin embargo, Internet me parece mágico. Y algo muy sutil y terriblemente delicado. No sé, quizá tiene algo de "La elegancia del erizo", porque nada es lo que te esperas. La universidad española e internacional fue la madre de un efecto pos apocalíptico de Internet: los enlaces. Es curioso que algo tan obsoleto y rancio como la bibliografía acabe sirviendo para algo. Desde que nuestra civilización ha comprendido que los dioses están en las pequeñas cosas, que la felicidad la dan los pequeños logros (“una pequeña mansión y una pequeña fortuna”, que diría Groucho Marx) me parece que lo más delicioso es vivir una vida valiosa y sencilla.

Chanel, en su etapa con Iribe, ese hombre terrible, (no sé en qué sentido, pero terrible de todas, todas), también intentó vivir la sencillez que ya proclamaba con su inefable estilo del "quitar, todo es quitar". Sin embargo, no resultó, porque Chanel estaba acostumbrada a la sencillez del lujo y no de la miseria. La sencillez no tiene porqué ser sencilla y austera, es más bien una cuestión de espíritu. Es difícil explicar esto naturalmente: quizá más que entenderlo. Por eso, he decidido dar un rodeo a Chanel y añadir en vez de quitar, para muestra, tres -delicados- botones, un veneno, una filia  y un inadvertido. Tres botones de una obra delicada.

Holly

 

 

 

 

 

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